Relato: Hogar

 

Desde siempre me ha gustado mirar por las ventanas de las casas. No, no me malinterpretes, no soy un vouyer, me refiero mirar desde la calle, mientras voy caminando, las luces de las casa o pisos. No me detengo en ninguno, sino es más bien como cuando vas en un coche en marcha y sacas la cabeza para disfrutar el paisaje. Esa sensación de paz que siento cuando veo las luces de esos hogares, mi imaginación vuela, y fantaseo con lo que puede estar sucediendo dentro: Una madre preparando la cena mientras sus hijos hacen los deberes o ven a televisión. Una joven adolescente hablando por teléfono o un amoroso padre arropando a su hijo después de leerle un cuento. Son muchas las posibilidades, pero en cada una de las que me imagino, siempre es un hogar feliz y acogedor.

Esa noche no fue diferente, iba caminando disfrutando mi dulce secreto, era una noche fresca de primavera. Por la tarde había llovido, así que aun podía sentir el olor a tierra mojada. Otra cosa que me causa alegría es ver los restos de lluvia en el asfalto y las mojadas hojas de los árboles. Hojas que poco antes reinaban en la copa de un árbol y que ahora eran alfombra para mis pasos. El reflejo de la luna en los pozos de agua, la brisa moviendo alguna rama que en su sacudida revive sobre mi unos segundos de llovizna, el frio y humedad de la calle y especialmente, como te decía antes, ver las luces de esos hogares, resguardados, protegidos…esas sensaciones son lo que yo llamo placer de estar vivo. Sí, sé que es un placer un poco extraño, y para quien tenga una mente morbosa podría resultar perturbador, pero para mí no es más que eso, el inocente disfrute de aquellas cosas que otros dan por merecidas. Y así iba yo, disfrutando de los últimos olores que había dejado la lluvia, iba a paso firme pero relajado, con mis manos dentro del abrigo buscando calor pero a la vez para contener mis nervios. Ver hogares, ver paz, y así dentro de poco estaría yo. Con un hogar, junto a ella, los tres.

Desde que Ana había tenido el despiste de decírmelo, no pude ser más feliz. Mi vida, con tan solo unas palabras, había cobrado sentido. La plena felicidad había posado su mirada sobre mí, una voz me susurró al oido, por fin, ésta es tu oportunidad. No puedo negar que sentí miedo, no sabía si sería capaz de hacerlo bien, quizás porque no tuve un buen ejemplo, pero una parte de mi sabe lo que no hay que hacer, aparte de que como dicen, el amor todo lo puede, y vaya que amor es lo que más tengo.

Según Ana no tenía por qué preocuparme, Eva estaba bien, aunque sí me extrañó un poco que Ana me insistirá en que no le dijera que había sido ella quién me había puesto al corriente. En fin, supuse que quizás Eva no quería preocuparme y que por lo mismo no me avisó y de pasó pidió a sus compañeras que no lo hicieran. Con lo que ella no contaba es que justamente ese día yo me presentaría en su trabajo para invitarle a comer, y que su apreciada amiga Ana se le escaparía decirme dónde estaba y el por qué.

Finalmente llegué al hospital. Y te comento, que así como disfrutaba el trayecto, con su noche, la lluvia, las iluminadas ventanas de los hogares, en la misma medida odiaba los hospitales, su olor, los colores, las luces, todo me hacía sentir vulnerable e impotente. Pero esa noche fue diferente, esa noche incluso el hospital me pareció aceptable, porque solo quería verla, abrazarla y agradecerle por hacerme el hombre más feliz del mundo.

No te cansaré más, iré al grano de esta…mi historia:

Llegué a donde estaba ella:

—Hola, mi reina —le dije. Noté como su cara se convirtió en un poema, era evidente que no me esperaba allí. Llevaba ropa de calle, lo que significaba que ya le habían dado el alta.

—Ah, cari, ¿qué haces aquí? ¿cómo supiste…?

—Eso es lo de menos, cari, ya te contaré, lo importante es que estoy, dime, ¿estás bien?, ¿están…?

Comenzó a llorar.

—¿Por qué lloras Eva? —me acerqué y la abracé intentado consolarla—.¿Qué te sucede mi niña? Supongo que querías ser tú quien me diera la noticia, perdoname por robarte ese momento, pero lo importante es que estoy aquí.

—Te amo Paul.

—Yo a ti más mi reina, pero dime ¿cómo estas? ¿Por qué no me avisaste que te habías desmayado en el trabajo y que te habían tenido que traer al hospital? Ana me dijo que no me preocupara, pero ¿cómo no iba a hacerlo?

—No, es que no me entiendes.

—Dime entonces cariño. Sabes que mi lugar es junto a ti, no debes dejar de avisarme por no preocuparme y mucho menos ahora que estas…embarazada. Es mi deber cuidaros.

—Es que no me desmayé en el trabajo —me dijo entre gritos y lagrimas— más bien ni siquiera he ido a trabajar. Ana te mintió, y probablemente su «desliz» al decirte dónde estoy es porque quería sabotearme

—¿Me mintió? ¿Sabotearte? No entiendo.

—Paul, no vine por un desmayo, vine esta mañana a…

—¿A qué?

—¡A abortar!

Y ya no te tengo mas nada que añadir, querido amigo, lo que sentí, lo que pensé, eso ya lo reservo para mí y mis días de alcohol, sólo te puedo decir que su gran justificación es que no se sentía preparada, que sintió miedo y que era una decisión que sólo le corresponde a ella, pero que una vez hecho se había arrepentido pero ya era demasiado tarde y que me ama. ¿Lo puedes creer? ¡Me ama! ¿Qué más te puedo decir, amigo mío? Hoy sólo sé que estoy aquí, contándote mi historia, tomándome esta copa, y saboreando el saber que perdí un hijo, un sueño y un hogar, junto a ella.

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